Enterrar a integrantes de grupos guerrilleros en calidad de desconocidos, como las víctimas de la masacre de Nepantla ocurrida hace 50 años, fue una práctica del Estado durante la “guerra sucia”; hoy día, las fallas en el registro de la información y la descoordinación entre instancias gubernamentales provocan que personas con identidad, reportadas como desaparecidas, terminen cada semana en fosas comunes como la del Panteón Civil de Dolores. Existe una metodología que comenzó a devolver identidades; su creador ha sido despedido de la Comisión Nacional de Búsqueda
Por Analy Nuño
Ciudad de México, 14 de febrero (A Dónde van los desaparecidos).- La noche del 14 de febrero de 1974, un batallón del Ejército mexicano y agentes de la Policía Judicial Federal y de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) atacaron la “casa grande”, una vivienda de seguridad que las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) tenían en San Miguel Nepantla, Estado de México. Cinco de los siete integrantes del grupo insurgente que se encontraban en el lugar fueron acribillados, trasladados al Servicio Médico Forense (Semefo) y posteriormente enterrados en la fosa común del Panteón Civil de Dolores.
“Las autoridades militares se negaron a entregar los cuerpos a los familiares de los guerrilleros y difundieron el rumor de que habían sido incinerados”, escribe la historiadora Adela Cedillo, profesora-investigadora de la Universidad de Houston, en su tesis “El fuego y el silencio. Historia de las Fuerzas de Liberación Nacional Mexicanas (1969-1974)”.
En 2019 dio esta información a la Dirección de Operaciones de Búsqueda de la Comisión Nacional de Búsqueda (CNB), un área que encabezaba el historiador y sociólogo Javier Yankelevich. Así supieron que, durante la llamada “guerra sucia”, la fosa común del Panteón Civil de Dolores había sido utilizada por el Estado para enterrar cuerpos de guerrilleros en calidad de desconocidos.
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Fuente: Sin Embargo